miércoles, 29 de diciembre de 2010

Carlos Marx : Circular del Comité Central a la Liga Comunista Marzo de 1850

Hermanos:

Durante los últimos años de revolución (1848-1849) la Liga ha justificado plenamente su existencia. Primero: Por la vigorosa actividad de sus miembros; en todos los sitios donde se produjeron movimientos estuvieron en la vanguardia, en la Prensa, en las barricadas y en los campos de batalla del proletariado, como la única clase revolucionaria de la sociedad. Segundo: A través de la concepción que del alzamiento en conjunto tenía la Liga, según fue enunciado en la carta circular del Congreso Central Ejecutivo en 1847, y particularmente en el Manifiesto Comunista.

Esta concepción ha sido ratificada por los acontecimientos de los dos años últimos. De otra parte, los puntos de vista que respecto de las condiciones sociales actuales propagábamos nosotros en los primeros años de nuestra actuación en reuniones secretas y en escritos clandestinos son ahora del dominio público y se predican en esquinas y plazas públicas.

Por otro lado, la primitiva y rígida organización de la Liga se ha perdido considerablemente; un gran número de miembros que han participado directamente en la revolución han venido a la conclusión de que ha pasado el tiempo de la organización secreta y que la propaganda pública sería suficiente. Varios distritos y Comunidades han perdido el contacto con el Comité Central y no lo reanudan.

Mientras el partido democrático, el partido de la pequeña burguesía, amplía y robustece su organización, el partido de la clase obrera pierde su cohesión o forma organizaciones locales para fines locales, y así se ve envuelto en el movimiento democrático y cae bajo la influencia de la pequeña burguesía. Este estado de cosas debe terminar; la independencia de la clase trabajadora debe ser restablecida.

El Comité Central, ya en el invierno de 1848-49 mostró la necesidad de esta reorganización y envió con esta misión a José Moll; pero su trabajo no ha dado resultado. Después de la derrota del movimiento revolucionario de junio de 1849 en Alemania, casi todos los miembros del Comité Central, reunidos en Londres y ayudados por nuevas fuerzas revolucionarias, tomaron seriamente en sus manos el trabajo de reorganización.

Esta reorganización sólo puede ser lograda por un enviado especial, y el Comité Central piensa que tiene una gran importancia el hecho de que nuestro delegado debe estar en viaje en el momento en que un nuevo alzamiento es inminente; precisamente cuando, por esta razón, el partido de la clase obrera debería estar fuertemente organizado y actuar unánime e independientemente, si no quiere ser de nuevo explotado y marchar a remolque de la burguesía, como en 1848.
* * *

Os hemos dicho, hermanos, en 1848 que el liberalismo alemán vendría pronto al Poder y emplearía éste una vez más contra la clase trabajadora. Habéis visto cómo ha sido realizado. Fue la burguesía quien, después del victorioso movimiento de marzo de 1848, tomó las riendas del gobierno, y el primer uso que hizo del Poder fue hacer retroceder a los trabajadores, sus aliados en la lucha contra el absolutismo, a su anterior condición de oprimidos. No podían ellos conseguir su propósito sin la asistencia de la derrotada aristocracia, a la cual transfieren incluso el Poder gubernamental, guardando, no obstante, para sí mismos la intervención definitiva del Gobierno a través del presupuesto.

La parte que los liberales jugaron en 1848, este papel de traición, será desempeñado en la próxima revolución por el partido de la pequeña burguesía, la cual, entre los partidos de oposición al Gobierno, está ahora ocupando la misma posición que los liberales tenían antes de la revolución de Marzo. Este partido democrático, el cual es más peligroso para los trabajadores que lo fue el partido liberal, está integrado por los siguientes elementos:

1. Por los miembros más progresivos de la alta burguesía, cuya misión es barrer todos los residuos de feudalismo y absolutismo;
2. Por la pequeña burguesía democrático-constitucional, cuyo principal objeto es establecer una federación democrática de los Estados alemanes, y
3. Por la pequeña burguesía republicana, cuyo ideal es transformar Alemania en una especie de República suiza. Estos republicanos se llaman a sí mismos "rojos" y "socialdemócratas", porque tienen el piadoso deseo de remover la presión del gran capital sobre el más pequeño y la que la gran burguesía ejerce respecto de la pequeña.

Todos los partidos, después de la derrota que han sufrido, se llaman republicanos o rojos, exactamente igual que en Francia la pequeña burguesía republicana se llama a sí misma socialista. Donde, no obstante, tiene la oportunidad de lograr sus fines por métodos constitucionales, usan su vieja fraseología y muestran por los actos que no han cambiado en absoluto. Es, naturalmente, evidente que el cambio de nombre de tal partido no altera su actitud hacia la clase trabajadora; esto prueba únicamente que en su lucha contra las fuerzas unidas del absolutismo y de los capitalistas fuertes ellos necesitan la ayuda del proletariado.

El partido democrático pequeño-burgués es muy poderoso en Alemania. Abarca, no solamente la gran mayoría de la población de las ciudades (pequeños comerciantes y artesanos), sino también los terratenientes y jornaleros, en tanto los últimos no han establecido todavía contacto con el proletariado de la ciudad.

La clase trabajadora revolucionaria actúa de acuerdo con ese partido mientras se trata de luchar y abolir la coalición aristocrático-liberal; en todas las demás cuestiones, la clase trabajadora revolucionaria necesita actuar independientemente. La pequeña burguesía democrática está muy lejos de desear la transformación de toda la sociedad; su finalidad tiende únicamente a producir los cambios en las condiciones sociales que puedan hacer su vida en la sociedad actual más confortable y provechosa. Desea, sobre todo, una reducción de los gastos nacionales por medio de una simplificación de la burocracia y la imposición de las principales cargas contributivas sobre los señores de la tierra y los capitalistas. Pide igualmente establecimientos de Bancos del Estado y leyes contra la usura; todo a los fines de librar de la presión del gran capital a los pequeños comerciantes y obtener del Estado crédito barato. Pide también la explotación de toda la tierra para terminar con todos los restos del derecho señorial. Para este objeto necesita una Constitución democrática que pueda darles la mayoría en el Parlamento, Municipalidades y Senado. Con el fin de adueñarse del Poder y de contener el desarrollo del gran capital, el partido democrático pide la reforma de las leyes de la herencia, e igualmente que se transfieran los servicios públicos y tantas empresas industriales como se pueda a las autoridades del Estado y del Municipio. Cuanto a los trabajadores, ellos deberán continuar siendo asalariados, para los cuales, no obstante, el partido democrático procurará más altos salarios, mejores condiciones de trabajo y una existencia más segura. Los demócratas tienen la esperanza de realizar este programa por medio del Estado y la Administración municipal y a través de instituciones benéficas.

En concreto: aspiran a corromper a la clase trabajadora con la tranquilidad, y así adormecer su espíritu revolucionario con concesiones y comodidades pasajeras.

Las peticiones democráticas no pueden satisfacer nunca al partido del proletariado. Mientras la democrática pequeña burguesía desearía que la revolución terminase tan pronto ha visto sus aspiraciones más o menos satisfechas, nuestro interés y nuestro deber es hacer la revolución permanente, mantenerla en marcha hasta que todas las clases poseedoras y dominantes sean desprovistas de su poder, hasta que la maquinaria gubernamental sea ocupada por el proletariado y la organización de la clase trabajadora de todos los países esté tan adelantada que toda rivalidad y competencia entre ella misma haya cesado y hasta que las más importantes fuerzas de producción estén en las manos del proletariado.

Para nosotros no es cuestión reformar la propiedad privada, sino abolirla; paliar los antagonismos de clase, sino abolir las clases; mejorar la sociedad existente, sino establecer una nueva. No hay duda de que con el mayor desarrollo de la revolución la pequeña burguesía democrática puede advenir por algún tiempo el partido más influyente de Alemania.

La cuestión es, pues, saber cuál ha de ser la actitud del proletariado, y particularmente la de la Liga:

1. Durante la continuación de las condiciones actuales, en las cuales la pequeña burguesía democrática es también oprimida;
2. En el transcurso de las luchas revolucionarias, las cuales les darán un momentáneo ascendiente, y
3. Después de aquellas luchas, durante el tiempo de su ascendiente sobre las clases derrotadas y el proletariado.

En el momento presente, cuando la pequeña burguesía democrática es en todas partes oprimida, instruye al proletariado, exhortándole a la unificación y conciliación; ellos desearían poder unir las manos y formar un gran partido de oposición, abarcando dentro de sus límites todos los matices de la democracia. Esto es, ellos tratarán de convertir al proletariado en una organización de partido en el cual predominen las frases generales social-demócratas, tras del cual sus intereses particulares estén escondidos y en el que las particulares demandas proletarias no deban, en interés de la concordia y de la paz, pasar a un primer plano.

Una tal unificación sería hecha en exclusivo beneficio de la pequeña burguesía democrática y en perjuicio del proletariado. La clase trabajadora organizada perdería su a tanta costa ganada independencia y advendría de nuevo un mero apéndice de la oficial democracia burguesa. Semejante unificación debe ser resueltamente rechazada.

En vez de permitir que formen el coro de la burguesía democrática, los trabajadores, y particularmente la Liga, deben tratar de establecer junto a la democracia oficial una independiente, legal y secreta organización del partido de la clase obrera, y hacer de cada Comunidad el centro y el núcleo de Sociedades de la clase obrera en las que la actitud y el interés del proletariado deberán ser discutidos independientemente de las influencias burguesas.

De cuán poco se preocupan los demócratas burgueses de realizar una alianza en la que los proletarios serían considerados como copartícipes con iguales derechos e idéntica situación, es un ejemplo la actitud de los demócratas de Breslau, quienes en su órgano el Oder-Zeitung están atacando a aquellos trabajadores que se hallan organizados independientemente, y a quienes motejan de socialistas, haciéndoles víctimas de severas persecuciones.

El nervio de la cuestión es este: en caso de un ataque a un común adversario no es necesaria una unión especial; en lucha contra semejante enemigo, el interés de las dos partes, la demócrata clase media y el partido de la clase trabajadora, coinciden por el momento y ambas llevarán el combate mediante una temporal inteligencia.

Así fue en el pasado y así debe ser en el futuro. Es cosa fuera de duda que en los futuros sangrientos conflictos, como en todos los anteriores, los trabajadores, por su valor, resolución y espíritu de sacrificio, formarán la fuerza principal en la conquista de la victoria. Como hasta aquí ha ocurrido, en la lucha que viene la pequeña burguesía mantendrá una actitud de espera, de irresolución e inactividad tanto tiempo como le sea posible, en orden a que, tan pronto como la victoria esté asegurada, pueda arrogársela como propia y decir a los trabajadores que permanezcan tranquilos, vuelvan al trabajo y eviten los llamados excesos, apartando así a los obreros del fruto de su victoria. No está en la facultad de los trabajadores evitar previamente que la burguesía haga esto; pero sí está dentro de su poder hacer difícil su ascendiente sobre el proletariado y dictar sobre ellos tales órdenes que hagan arrastrar al dominio de la democracia burguesa dentro de él mismo y desde el principio el germen de disolución, y así su sustitución por el Poder del proletariado será considerablemente facilitada.

Los trabajadores, sobre todo durante el conflicto e inmediatamente después, deben tratar, en cuanto sea posible, de contrarrestar todas las contemporizaciones y sedantes burgueses, obligando a los demócratas a llevar a la práctica sus terroríficas frases actuales. Deben actuar de tal manera que la excitación revolucionaria no desaparezca inmediatamente después de la victoria. Por el contrario, han de intentar mantenerla tanto como sea posible.

Lejos de oponerse a los llamados excesos, deben emprenderse actos de odio ejemplar contra edificios individuales o públicos a los cuales acompaña odiosa memoria, sacrificándolos a la venganza popular; tales actos, no sólo deben ser tolerados, sino que ha de tomarse su dirección. Durante la lucha y después de ella, los trabajadores necesitan utilizar todas las oportunidades para presentar sus propias demandas separadas de las de los demócratas burgueses. Deben pedir garantías para los trabajadores tan pronto como los demócratas empuñen las riendas del Poder. Si fuere necesario, estas garantías deben ser imperiosas y generalmente deben tender a que se vea que los nuevos dominadores se hallan obligados a realizar todas las concesiones y promesas posibles; lo cual es el medio seguro de comprometerlos.

Los trabajadores no deben moverse por el general entusiasmo hacia el nuevo estado de cosas, al cual siguen usualmente luchas en las calles; deben guardar todo su ardor por una fría y desapasionada concepción de las nuevas condiciones, y manifestarán abiertamente su desconfianza respecto del nuevo Gobierno. Fuera del Gobierno oficial constituirán un Gobierno revolucionario de los trabajadores en forma de Consejos ejecutivos locales o comunales, Clubs obreros o Comités de trabajadores; de tal manera, que el Gobierno democrático burgués, no solamente pierda todo apoyo entre los proletarios, sino que desde el principio se encuentre bajo la vigilancia y la amenaza de autoridades tras de las cuales se halla la masa entera de la clase trabajadora.

Concretamente: desde el primer momento de la victoria nosotros no debemos mostrar más nuestra desconfianza hacia el reaccionario y vencido enemigo, y sí respecto de nuestros aliados, contra el partido que está ya explotando la victoria común solamente para sus propios y ulteriores fines.

En orden a este partido, cuya traición a los trabajadores comenzarán desde la primera hora de la victoria, debe verse frustrado en su nefasto trabajo, y para ello es necesario organizar y armar al proletariado.

El armamento de todo el proletariado con fusiles, cañones y municiones debe ser realizado en el acto; necesitamos prevenir el resurgimiento de la vieja milicia burguesa, cosa que ha sido siempre hecha contra los trabajadores. Donde esta medida no pueda cumplirse, los trabajadores tratarán de organizarse ellos mismos en una Guardia independiente, con sus propios jefes y su Estado Mayor, para ponerse a las órdenes, no del Gobierno, sino de las autoridades revolucionarias elegidas por los obreros. Donde los trabajadores estén empleados en servicios del Estado deben armarse y organizarse en Cuerpos especiales, con jefes escogidos por ellos mismos o formando parte de la Guardia proletaria.

Bajo ningún pretexto darán sus armas y equipos, y todo intento de desarme debe ser vigorosamente resistido.

Destrucción de la influencia de la democracia burguesa sobre los trabajadores; inmediata, independiente y armada organización de los obreros, y la exigencia de las más molestas y comprometedoras concesiones de la burguesía democrática, cuyo triunfo es por ahora inevitable, son los principales puntos que el proletariado, y por tanto la Liga, tienen que mantener en primer término durante y después de la conmoción.

Tan pronto como el nuevo Gobierno esté establecido comenzará a combatir a los trabajadores. A los fines de estar efectivamente en condiciones de oponerse a la democracia pequeño-burguesa, es necesario, en primer lugar, que los trabajadores estén organizados en Clubs, que serán en seguida centralizados. La autoridad central, después de la caída del Gobierno existente trasladará sus cuarteles en la primera ocasión a Alemania; inmediatamente reunirá un Congreso y hará las necesarias proposiciones para la centralización de los Clubs de obreros bajo un Comité Ejecutivo, que residirá en el centro del movimiento.

La rápida organización, o por lo menos el establecimiento de un organismo provincial de Clubs obreros, es uno de los más importantes puntos de nuestras indicaciones para vigorizar y desarrollar el partido de los trabajadores. El resultado inmediato de la caída del Gobierno existente será la elección de una representación nacional.

El proletariado vigilará en primer término para que ningún obrero sea privado de su sufragio por los trucos de las autoridades locales o de los comisionados del Gobierno; en segundo lugar, hará que contra los candidatos burgueses democráticos se presenten en todas partes candidatos de la clase trabajadora, quienes, en la medida que ello sea posible, deberán ser miembros de la Liga y por cuyo triunfo todos deben trabajar por todos los medios a su alcance. Incluso en los distritos donde no hay posibilidad de que nuestro candidato salga triunfante, los obreros deben, no obstante, presentar nombres a los fines de mantener su independencia, templar sus fuerzas y presentar su actitud revolucionaria y los puntos de vista del partido ante el público.

No deben desorientarse y abandonar su trabajo por la consideración de que dividiendo los votos demócratas ayudan a los partidos reaccionarios. Tal argumento se aduce para engañar al proletariado. El avance que el partido proletario puede hacer con su actitud independiente es infinitamente más importante que la desventaja que resulta de tener unos reaccionarios más en la representación nacional.

Los demócratas victoriosos podrían, si quisieran, evitar que el partido reaccionario tuviese ningún triunfo si usaran solamente su poder, recientemente ganado, con energía suficiente.

El primer punto que provocará el conflicto entre demócratas y proletarios es la abolición de todos los derechos feudales. Los demócratas pequeño-burgueses, siguiendo el ejemplo de la primera revolución francesa, mantendrán la tierra como propiedad privada de los campesinos; esto es, dejarán a los obreros agrícolas como están y crearán una pequeña burguesía campesina, que atravesará el mismo ciclo de miseria espiritual y material en que se encuentra actualmente el campesino francés.

Los trabajadores, en interés del proletariado agrícola tanto como en su propio interés, deberán oponerse a semejantes propósitos. Pedirán que las tierras feudales confiscadas sean nacionalizadas y convertidas en explotaciones dirigidas por grupos de trabajadores de la tierra; todas las ventajas de la explotación agrícola en grande escala deberán ser puestas a su disposición; estas colonias agrícolas, trabajadas según el principio cooperativo, deberán ser organizadas en medio de las resquebrajaduras institucionales de propiedad. Así como los demócratas están combinados con la pequeña burguesía campesina, así nosotros debemos luchar hombro con hombro con el proletariado agrícola.

Además, los demócratas trabajarán directamente por una República federal, o por lo menos, si no pueden evitar la formación de la República una e indivisible, tratarán de paralizar la centralización del Gobierno concediendo la independencia posible a las Municipalidades y provincias. Los obreros deben luchar contra este plan, no sólo para conseguir la una e indivisible República alemana, sino para lograr concentrar el mayor poder posible en manos del Gobierno central.

No deben ser engañados por las democráticas vulgaridades alrededor de la libertad de los Ayuntamientos, self-determination, etc., etc. En un país como Alemania, donde hay tantas reminiscencias medievales que barrer y tanta local y provincial obstinación que quebrantar, por ninguna circunstancia puede permitirse que ciudades y provincias opongan obstáculos a la actividad revolucionaria que necesita emanar del centro. Que los alemanes tengan que luchar y morir como hasta aquí lo han hecho, una y otra vez, por cada avance, en cada ciudad y en cada provincia separadamente, es algo que no puede ser tolerado. Como en Francia en 1793, así es hoy la tarea del partido revolucionario alemán: centralizar la nación.

Hemos visto que los demócratas vendrán al Poder en la primera fase del movimiento, y que serán obligados a proponer medidas de mayor o menor naturaleza socialista.

Se preguntarán qué medidas contrarias deberán ser propuestas por los trabajadores. Naturalmente, en el comienzo no podrán proponer las actuales medidas comunistas; pero se puede compeler a los demócratas a atacar el viejo orden social por tantos puntos como sea posible, perturbar sus procedimientos regulares, comprometerlos a ellos mismos y concentrar en las manos del Estado, en la proporción que se pueda, las fuerzas productivas, los medios de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc. etc. Las determinaciones de los demócratas, los cuales en ningún caso son revolucionarios, sino simplemente reformistas, deben ser estimuladas hasta el punto de que se conviertan en ataques directos a la propiedad privada; así, por ejemplo, si la pequeña burguesía propone la incautación de los ferrocarriles y las fábricas, los trabajadores deben decir que, siendo estos ferrocarriles y estas fábricas propiedad de los reaccionarios, tienen que ser confiscados simplemente por el Estado y sin compensación. Si los demócratas proponen impuestos proporcionales, los trabajadores deben pedir impuestos progresivos; si los demócratas se declaran en favor de un impuesto progresivo moderado, los trabajadores deben insistir en un impuesto que paso a paso, gradualmente, signifique el hundimiento del gran capital; si los demócratas proponen la regulación de la Dieta Nacional, los trabajadores deben pedir la bancarrota del Estado.

Las demandas de los trabajadores dependerán de los propósitos y medidas de los demócratas. Si los trabajadores alemanes han de venir solamente al Poder y al logro de sus intereses de clase después de un prolongado desarrollo revolucionario, pueden, al menos, estar ciertos de que el primer acto de este drama revolucionario coincidirá con la victoria de su clase en Francia, y esto acelerará seguramente el movimiento de su propia emancipación.

Pero ellos mismos han de realizar la mayor parte del trabajo; necesitarán ser conscientes de sus intereses de clase y adoptar la posición de un partido independiente. No deben ser apartados de su línea de independencia proletaria por la hipocresía de la pequeña burguesía democrática. Su grito de guerra debe ser: "La Revolución permanente".

Londres, marzo de 1850.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Antonio Gramsci : Necesidad de una preparación ideológica de la masa

Aparecido en "Lo Stato Operaio" de Marzo-abril de 1931 (escrito en Mayo de 1925).

Desde hace casi cincuenta años, el movimiento obrero revolucionario italiano ha caído en una situación de ilegalidad o de semilegalidad. La libertad de prensa, el derecho de reunión, de asociación, de propaganda, han sido prácticamente suprimidos. La formación de los cuadros dirigentes del proletariado no puede realizarse, pues, por la vía y con los métodos que eran tradicionales en Italia hasta 1921. Los elementos obreros más activos son perseguidos, son controlados en todos sus movimientos, en todas sus lecturas; las bibliotecas obreras han sido incendiadas o eliminadas de otra manera; las grandes organizaciones y las grandes acciones de masa ya no existen o no pueden organizarse. Los militantes no participan plenamente o sólo en medida muy limitada en las discusiones y en el contraste de ideas; la vida aislada o las reuniones irregulares de pequeños grupos clandestinos, el hábito que puede crearse en una vida política que en otros tiempos parecía excepción, suscitan sentimientos, estados de ánimo, puntos de vista que son con frecuencia erróneos e incluso a veces morbosos.

Los nuevos miembros que el Partido gana en tal situación, evidentemente hombres sinceros y de vigorosa fe revolucionaria, no pueden ser educados en nuestros métodos de amplia actividad, de amplias discusiones, del control recíproco que es propio de los periodos de democracia y de legalidad. Se anuncia así un periodo muy grave: la masa del Partido habituándose, en la ilegalidad, a no pensar en otra cosa que en los medios necesarios para escapar al enemigo, habituándose a ver posible y organizable inmediatamente sólo acciones de pequeños grupos, viendo cómo los dominadores aparentemente habían vencido y conservan el poder con el empleo de minorías armadas y encuadradas militarmente, se aleja insensiblemente de la concepción marxista de la actividad revolucionaria del proletariado, y mientras parece radicalizarse por el hecho de que a menudo se anuncian propósitos extremistas y frases sanguinolentas, en realidad se hace incapaz de vencer al enemigo. La historia de la clase obrera, especialmente en la época que atravesamos, muestra cómo este peligro no es imaginario. La recuperación de los partidos revolucionarios, tras un periodo de ilegalidad, se caracteriza con frecuencia por un irrefrenable impulso a la acción, por la ausencia de toda consideración de las relaciones reales de las fuerzas sociales, por el estado de ánimo de las grandes masas obreras y campesinas, por las condiciones del armamento, etc. Así, a menudo ha ocurrido que el Partido revolucionario se ha hecho destrozar por la reacción aún no disgregada y cuyas reservas no habían sido debidamente justipreciadas, entre la indiferencia y la pasividad de las amplias masas, que, después de todo periodo reaccionario, se vuelven muy prudentes y son fácilmente presa del pánico cada vez que se amenaza con la vuelta a la situación de la que acaban de salir.

Es difícil, en líneas generales, que tales errores no se cometan; por eso, el Partido tiene que preocuparse de ello y desarrollar una determinada actividad que especialmente tienda a mejorar su organización, a elevar el nivel intelectual de los miembros que se encuentren en sus filas en el periodo del terror blanco y que están destinados a convertirse en el núcleo central y más resistente a toda prueba y a todo sacrificio del Partido, que guiará la revolución y administrará al Estado proletario.

El problema aparece así más amplio y complejo. La recuperación del movimiento revolucionario y especialmente su victoria, lanzan hacial el Partido una gran masa de nuevos elementos. Estos no pueden ser rechazados, especialmente si son de origen proletario, ya que precisamente su adhesión es uno de los signos más reveladores de la revolución que se está realizando; pero el problema que se plantea es el de impedir que el núcleo central del Partido sea sumergido y disgregado por la nueva arrolladora ola. Todos recordamos lo que ha ocurrido en Italia, después de la guerra, en el Partido Socialista. El núcleo central, constituido por camaradas fieles a la causa durante el cataclismo, se restringe hasta reducirse a unos 16.000. En el Congreso de Liorna estaban representados 220.000 miembros, es decir, que existían en el Partido 200.000 adherentes después de la guerra, sin preparación política, ayunos o casi de toda noción de doctrina marxista, fácil presa de los pequeños burgueses declamadores y fanfarrones que constituyeron en los años 1919-1920 el fenómeno del maximalismo. No carece de significado que el actual jefe del Partido Socialista y director de Avanti sea el propio Pietro Nenni, entrado en el Partido Socialista después de Liorna, pero que resume y sintetiza en sí mismo toda la debilidad ideológica y el carácter distintivo del maximalismo de la posguerra. Sería realmente delictivo que en el Partido Comunista se verificase con respecto al periodo fascista lo que ha ocurrido en el Partido Socialista respecto al periodo de la guerra; pero esto sería inevitable, si nuestro Partido no tuviera una línea a seguir también en este terreno, si no procurase a tiempo reforzar ideológica y políticamente sus actuales cuadros y sus actuales miembros, para hacerlos capaces de contener y encuadrar masas aún más amplias sin que la organización sufra demasiadas sacudidas y sin que la figura del Partido sea cambiada.

Hemos planteado el problema en sus términos prácticos más inmediatos. Pero tiene una base que es superior a toda contingencia inmediata.

Nosotros sabemos que la lucha del proletariado contra el capitalismo se desenvuelve en tres frentes: el económico, el político y el ideológico. La lucha económica tiene tres fases: de resistencia contra el capitalismo, esto es, la fase sindical elemental; de ofensiva contra el capitalismo para el control obrero de la producción; de lucha para la eliminación del capitalismo a través de la socialización. También la lucha política tiene tres fases principales: lucha para contener el poder de la burguesía en el Estado parlamentario, es decir, para mantener o crear una situación democrática de equilibrio entre las clases que permita al proletariado organizarse y desarrollarse; lucha por la conquista del poder y por la creación del Estado obrero, es decir, una acción política compleja a través de la cual el proletariado moviliza en torno a sí todas las fuerzas sociales anticapitalistas (en primer lugar la clase campesina), y las conduce a la victoria; fase de la dictadura del proletariado organizado en clase dominante para eliminar todos los obstáculos técnicos y sociales, que se interpongan a la realización del comunismo.

La lucha económica no puede separarse de la lucha política, y ni la una ni la otra pueden ser separadas de la lucha ideológica.

En su primera fase sindical, la lucha económica es espontánea, es decir, nace ineluctablemente de la misma situación en la que el proletariado se encuentra en el régimen burgués, pero no es por sí misma revolucionaria, es decir, no lleva necesariamente al derrocamiento del capitalismo, como han sostenido y continúan sosteniendo con menor éxito los sindicalistas. Tanto es verdad, que los reformistas y hasta los fascistas admiten la lucha sindical elemental, y más bien sostienen que el proletariado como clase no debiera realizar otra lucha que la sindical. Los reformistas se diferencian de los fascistas solamente en cuanto sostienen que si no el proletariado como clase, al menos los proletarios como individuos, ciudadanos, deben luchar también por la democracia burguesa; en otras palabras, luchar sólo para mantener o crear las condiciones políticas de la pura lucha de resistencia sindical.

Puesto que la lucha sindical se vuelve un factor revolucionario, es menester que el proletariado la acompañe con la lucha política, es decir, que el proletariado tenga conciencia de ser el protagonista de una lucha general que envuelve todas las cuestiones más vitales de la organización social, es decir, que tenga conciencia de luchar por el socialismo. El elemento "espontaneidad" no es suficiente para la lucha revolucionaria, pues nunca lleva a la clase obrera más allá de los límites de la democracia burguesa existente. Es necesario el elemento conciencia, el elemento "ideológico", es decir, la comprensión de las condiciones en que se lucha, de las relaciones sociales en que vive el obrero, de las tendencias fundamentales que operan en el sistema de estas relaciones, del proceso de desarrollo que sufre la sociedad por la existencia en su seno de antagonismos irreductibles, etcétera.

Los tres frentes de la lucha proletaria se reducen a uno sólo, para el Partido de la clase obrera, que lo es precisamente porque asume y representa todas las exigencias de la lucha general. Ciertamente, no se puede pedir a todo obrero de la masa tener una completa conciencia de toda la compleja función que su clase está resuelta a desarrollar en el proceso de desarrollo de la humanidad, pues eso hay que pedírselo a los miembros del Partido. No se puede proponer, antes de la conquista del Estado, modificar completamente la conciencia de toda la clase obrera; sería utópico, porque la conciencia de la clase como tal se modifica solamente cuando ha sido modificado el modo de vivir de la propia clase, esto es, cuando el proletariado se convierta en clase dominante, tenga a su disposición el aparato de producción y de cambio y el poder estatal. Pero el Partido puede y debe en su conjunto representar esta conciencia superior; de otro modo, aquel no estaría a la cabeza, sino a la cola de las masas, no las guiaría, sino que sería arrastrado. Por ello, el Partido debe asimilar el marxismo y debe asimilarlo en su forma actual, como leninismo.

La actividad teórica, la lucha en el frente ideológico, se ha descuidado siempre en el movimiento obrero italiano. En Italia, el marxismo (por influjo de Antonio Labriola) ha sido más estudiado por los intelectuales burgueses para desnaturalizarlo y adecuarlo al uso de la política burguesa, que por los revolucionarios. Así hemos visto en el Partido Socialista Italiano convivir juntas pacíficamente las tendencias más dispares, hemos visto como opiniones oficiales del Partido las concepciones más contradictorias. Nunca imaginó la dirección del Partido que para luchar contra la ideología burguesa, para liberar a las masas de la influencia del capitalismo, fuera menester ante todo difundir en el Partido mismo la doctrina marxista y defenderla de toda contrafracción. Esta tradición por lo menos no ha sido interrumpida de modo sistemático y con una notable actividad continuada.

Se dice, sin embargo, que el marxismo ha tenido mucha suerte en Italia y en cierto sentido esto es cierto. Pero también es cierto que tal fortuna no ha ayudado al proletariado, no ha servido para crear nuevos medios de lucha, no ha sido un fenómeno revolucionario. El marxismo, o algunas afirmaciones separadas de los escritos de Marx, ha servido a la burguesía italiana para demostrar que por la necesidad de su desarrollo era necesario prescindir de la democracia, era necesario pisotear las leyes, era necesario reírse de la libertad y de la justicia; es decir, se ha llamado marxismo, por los filósofos de la burguesía italiana, la comprobación que Marx ha hecho de los sistemas que la burguesía empleará, sin necesidad de recurrir a justificaciones... marxistas, en su lucha contra los trabajadores. Y los reformistas, para corregir esta interpretación fraudulenta, se han hecho democráticos, se han convertido en los turiferarios de todos los santos consagrados del capitalismo. Los teóricos de la burguesía italiana han tenido la habilidad de crear el concepto de la "nación proletaria" y que la concepción de Marx debía aplicarse a la lucha de Italia contra los otros Estados capitalistas, no a la lucha del proletariado italiano contra el capitalismo italiano; los "marxistas" del Partido Socialista han dejado pasar sin lucha estas aberraciones, que fueron aceptadas por uno, Enrico Ferri, que pasaba por un gran teórico del socialismo. Esta fue la fortuna del marxismo en Italia: que sirvió de perejil para todas las indigestas salsas que los más imprudentes aventureros de la pluma han querido poner en venta. Marxistas de esta guisa han sido Enrico Ferri, Guillermo Ferrero, Achille Loria, Paolo Orano, Benito Mussolini...

Para luchar contra la confusión que se ha creado de esta manera, es necesario que el Partido intensifique y haga sistemática su actividad en el campo ideológico, que se imponga como un deber de los militantes el conocimiento de la doctrina del marxismo-leninismo, al menos en sus términos más generales.

Nuestro Partido no es un partido democrático, al menos en el sentido vulgar que comunmente se da a esta palabra. Es un Partido centralizado nacional e internacionalmente. En el campo internacional, nuestro Partido es una simple sección de un partido más grande, de un partido mundial. ¿Qué repercusiones puede tener y ya ha tenido este tipo de organización, que también es una necesidad de la revolución? La propia Italia se da una respuesta a esta pregunta. Por reacción a la costumbre establecida por el Partido Socialista, en el que se discutía mucho y se resolvía poco, cuya unidad por el choque contínuo de las fracciones, de las tendencias y con frecuencia de las camarillas personales se rompía en una infinidad de fragmentos desunidos, en nuestro Partido se había terminado con no discutir ya nada. La centralización, la unidad de dirección y unidad de concepción se había convertido en un estancamiento intelectual. A ello contribuyó la necesidad de la lucha incesante contra el fascismo, que verdaderamente desde la fundación de nuestro Partido había ya pasado a su fase activa y ofensiva, pero contribuyeron también las erróneas concepciones del Partido, tal como son expuestas en las "Tesis sobre la táctica" presentadas al Congreso de Roma. La centralización y la unidad se concebían de modo demasiado mecánico: El Comité Central, y más bien el Comité Ejecutivo era todo el Partido, en lugar de representarlo y dirigirlo. Si esta concepción fuera permanentemente aplicada, el Partido perdería su carácter distintivo político y se convertiría, en el mejor de los casos, en un ejército (y un ejército de tipo burgués); perdería lo que es su fuerza de atracción, se separararía de las masas. Para que el Partido viva y esté en contacto con las masas, es menester que todo miembro del Partido sea un elemento político activo, sea un dirigente. Precisamente para que el Partido sea fuertemente centralizado, se exige un gran trabajo de propaganda y de agitación en sus filas, es necesario que el Partido, de manera organizada, eduque a sus militantes y eleve su nivel ideológico. Centralización quiere decir especialmente que en cualquier situación, incluso en estado de sitio reforzado, incluso cuando los comités dirigentes no pueden funcionar por un determiando periodo o fueran puestos en condiciones de no estar relacionados con toda la periferia, todos los miembros del Partido, cada uno en su ambiente, se hallen en situación de orientarse, de saber extraer de la realidad los elementos para establecer una orientación, a fin de que la clase obrera no se desmoralice sino que sienta que es guiada y que puede aún luchar. La preparación ideológica de la masa es, por consiguiente, una necesidad de la lucha revolucionaria, es una de las condiciones indispensables para la victoria.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El Partido y los sindicatos

I. SITUACIÓN DEL MOVIMIENTO SINDICAL

1. En el curso de las últimas dos décadas, caracterizados por la ofensiva universal del capital, el movimiento sindical se debilitó sensiblemente en todos los países. Salvo raras excepciones los sindicatos perdieron gran cantidad de afiliados. Este retroceso se explica por las vastas ofensivas de la burguesía y por la impotencia de los sindicatos reformistas no solamente en resolver la cuestión social sino también en resistir seriamente al ataque capitalista y defender los intereses más elementales de las masas obreras.

2. Ante esta ofensiva capitalista por una parte, y esta colaboración de clases permanente por la otra, las masas obreras se decepcionan cada vez más. Esa es la causa no solamente de sus tentativas por crear nuevos agrupamientos sino también de la dispersión de un gran número de obreros conscientes que abandonan sus organizaciones. El sindicato dejó de ser para muchos un foco de agitación porque no supo, y en muchos casos no quiso, detener la ofensiva del capital y conservar las posiciones obtenidas. La esterilidad del reformismo se puso de manifiesto claramente en la práctica.

3. El movimiento sindical posee, en todos los países, un carácter de inestabilidad básica. Grupos bastante numerosos de obreros se alejan de él mientras los reformistas continúan asiduamente su política de colaboración de clases, con el pretexto de “utilizar el capital en beneficio de los obreros”. En realidad, el capital continuó utilizando para sus fines a las organizaciones, haciéndolas cómplices del descenso del nivel de vida de las masas. El período transcurrido fortaleció sobre todo los vínculos que ya existían entre los gobiernos y los dirigentes reformistas, así como la subordinación de los intereses de la clase obrera a los de sus dirigentes.

II. LA OFENSIVA CONTRA EL MOVIMIENTO SINDICAL REVOLUCIONARIO

4. En el preciso momento en que cedían en toda la línea ante la presión burguesa, los dirigentes reformistas lanzaban su ofensiva contra los obreros revolucionarios. Junto a su mala voluntad para organizar la resistencia contra el capital y a su resolución a limpiar a las organizaciones de los gérmenes revolucionarios, emprendieron contra el movimiento sindical revolucionario una ofensiva tendiente a disgregar y desmoralizar a la minoría revolucionaria por todos los medios a su alcance, y a facilitar la consolidación del poder de clase vulnerado de la burguesía.

5. Para conservar su autoridad, los burócratas sindicales no vacilan en excluir no solamente a individuos y pequeños grupos sino a organizaciones enteras. No quieren quedar en minoría y, en caso de amenaza de los elementos revolucionarios están decididos a provocar la escisión, con tal de poder de ese modo conservar su control sobre el aparato administrativo y los recursos materiales.
Así procedieron los jefes de la CGT francesa a principios de siglo XX. El mismo camino siguieron los reformistas de Checoslovaquia y los dirigentes de la Confederación nacional de los Sindicatos alemanes. Los intereses de la burguesía exigen la escisión del movimiento sindical.

6. Se expulsa sistemáticamente o se niega a admitir en su seno a las organizaciones sindicales clasistas y revolucionarias.

7. Esta campaña contra los revolucionarios es una expresión de la campaña del capital internacional contra la clase obrera. Persigue los mismos objetivos: consolidar el sistema capitalista sobre la miseria de las masas trabajadoras. El reformismo presiente su próximo fin y pretende, con ayuda de las expulsiones y de la escisión de los elementos más combativos, debilitar al máximo a la clase obrera e impedir que se adueñe del poder y de los medios de producción y de intercambio

III. NEUTRALISMO Y AUTONOMÍA

8. La influencia de la burguesía sobre el proletariado se refleja en la teoría de la neutralidad según la cual los sindicatos deberían plantearse exclusivamente objetivos corporativos, estrictamente económicos y no de clase. El neutralismo siempre fue una doctrina puramente burguesa contra la cual el marxismo revolucionario lleva a cabo una lucha a muerte. Los sindicalistas que no se plantean ningún objetivo de clase, es decir que no apuntan al derrocamiento del sistema capitalista son, pese a su composición proletaria, los mejores defensores del orden y del régimen burgués.

9. El neutralismo siempre fue favorecido por el argumento de que los sindicatos obreros deben interesarse únicamente en los problemas económicos sin mezclarse en política. La burguesía siempre tiende a separar la política de la economía, comprendiendo perfectamente que si logra insertar a la clase obrera en el marco corporativo, ningún peligro serio amenaza su hegemonía.

10. Esta misma delimitación entre economía y política es trazada también por los elementos anarquistas y autonomistas del movimiento sindical, para apartar al movimiento obrero de la vía política con el pretexto de que toda política está dirigida contra los trabajadores. Esta teoría, puramente burguesa en el fondo, es presentada a los obreros como la de la autonomía sindical, y se entiende a esta última como una oposición de los sindicatos al partido comunista y una declaración de guerra al movimiento obrero comunista.

11. Esta lucha contra “la política y el partido político de la clase obrera” provoca un retraimiento del movimiento obrero y de las organizaciones obreras así como una campaña contra el comunismo, conciencia concentrada de la clase obrera. La autonomía en todas sus formas, ya sea anarquista, anarcosindicalista, etc, es una doctrina anticomunista y debe oponérsele una decidida resistencia. Lo mejor que puede resultar de ella es una autonomía con relación al comunismo y un antagonismo entre sindicatos y partidos comunistas, o si no, una lucha encarnizada de los sindicatos contra el partido comunista, el comunismo y la revolución social.
La teoría de la autonomía, tal como es expuesta por los anarcosindicalistas franceses, italianos y españoles, es, en suma, el grito de guerra del anarquismo contra el comunismo. Los comunistas deben llevar a cabo en el seno de los sindicatos una decisiva campaña contra esta maniobra que trata de encubrir, bajo la consigna de la autonomía, una trampa anarquista para dividir el movimiento obrero en sectores hostiles entre sí, para retrasar u obstaculizar el triunfo de la clase obrera.

IV. SINDICALISMO Y COMUNISMO

12. Los anarcosindicalistas confunden sindicatos y sindicalismo presentando a su partido anarcosindicalista como la única organización realmente revolucionaria y capaz de llevar a cabo la acción de clase del proletariado. El sindicalismo, que constituye un inmenso progreso en relación con el trade-unionismo, presenta sin embargo numerosos defectos y aspectos perjudiciales, ante los cuales es preciso resistir firmemente.

13. Los comunistas no pueden ni deben, en nombre de abstractos principios anarcosindicalistas abandonar su derecho a organizar “células” en el seno de los sindicatos, cualquiera que sea la orientación de estos últimos. Nadie puede privarlos de ese derecho. Es obvio que los comunistas militantes en los sindicatos sabrán coordinar su acción con la de aquellos sindicatos que han aprovechado la experiencia de la guerra y de la revolución.

14. Los comunistas deben tomar la iniciativa de crear en los sindicatos un bloque con los obreros revolucionarios de otras tendencias. Los más próximos al comunismo son los “sindicalistas comunistas”, que reconocen la necesidad de la dictadura proletaria y defienden contra los anarcosindicalistas el principio del Estado obrero. Pero la coordinación de las acciones supone una organización de los comunistas. Una acción aislada e individual de los comunistas no podrá coordinarse con nadie porque no poseerá ninguna fuerza considerable.

15. Realizando del modo más enérgico y consecuente sus principios, combatiendo las teorías anticomunistas de autonomía y la separación de la política y de la economía, idea anarquista extremadamente perjudicial para el progreso revolucionario de la clase obrera, los comunistas deben esforzarse, en el seno de los sindicatos de cualquier tendencia, por coordinar su acción en la lucha práctica contra el reformismo y el verbalismo anarcosindicalista, con todos los elementos revolucionarios que apoyan el derrocamiento del capitalismo y la dictadura del proletariado.

16. En los países donde existen importantes organizaciones sindicalistas revolucionarias y donde bajo la influencia de toda una serie de causas históricas persista la desconfianza con respecto a los partidos políticos en ciertos sectores de obreros revolucionarios, los comunistas elaborarán en el lugar, de acuerdo con los sindicalistas y conforme a las particularidades del país y del movimiento obrero en cuestión, las formas y métodos de lucha común y de colaboración en todas las acciones defensivas y ofensivas contra el capital.

V. LA LUCHA POR LA UNIDAD SINDICAL

17. La consigna contra la escisión sindical debe ser aplicada enérgicamente, pese a las furiosas persecuciones a que los reformistas de todos los países someten a los comunistas. Los reformistas quieren prolongar la escisión valiéndose de las expulsiones. Persiguiendo sistemáticamente a los mejores elementos de los sindicatos, esperan desanimar a los comunistas, alejarlos de los sindicatos y hacerlos abandonar el plan profundamente meditado de la conquista de los sindicatos desde adentro pronunciándose por la escisión. Pero los reformistas no lo conseguirán.

18. La escisión del movimiento sindical, sobre todo en las condiciones actuales, representa le mayor peligro para el movimiento obrero en su conjunto. La escisión en los sindicatos obreros haría retroceder a la clase obrera varios años, pues la burguesía podría entonces retomar fácilmente las conquistas más elementales de los obreros. Los comunistas deben impedir a cualquier precio la escisión sindical. Por todos los medios, con todas las fuerzas de su organización, deben obstaculizar la criminal ligereza con la que los reformistas rompen la unidad sindical.

19. En los países donde existen paralelamente dos centrales sindicales nacionales los comunistas deben luchar sistemáticamente por la fusión de las organizaciones paralelas. Dado el objetivo de la fusión de los sindicatos actualmente escindidos, no es conveniente apartar a los comunistas aislados y a los obreros revolucionarios de los sindicatos reformistas, transfiriéndolos a los sindicatos revolucionarios. Ningún sindicato reformista debe quedar desprovisto del fermento comunista. El trabajo activo de los comunistas en los dos sindicatos es una condición para el restablecimiento de la unidad destruida.

20. La preservación de la unidad sindical así como el restablecimiento de la unidad destruida sólo son posibles si los comunistas llevan adelante un programa práctico para cada país y cada sector de la industria. En el ámbito de un trabajo práctico, de una lucha práctica, es posible agrupar a los elementos dispersos del movimiento obrero y crear, en el caso de una escisión sindical, las condiciones propicias para asegurar su unificación orgánica. Cada comunista debe tener presente que la escisión sindical es no solamente una amenaza para las conquistas inmediatas de la clase obrera sino también una amenaza para la revolución social. Las tentativas de los reformistas de escindir los sindicatos deben ser sofocadas radicalmente, lo que sólo se podrá lograr con ayuda de un enérgico trabajo organizativo y político con las masas obreras.

VI. LA LUCHA CONTRA LA EXPULSIÓN DE LOS COMUNISTAS

21. La exclusión de los comunistas tiene por objeto desorganizar el movimiento revolucionario aislando a los dirigentes de las masas obreras. Por eso los comunistas no pueden limitarse a las formas y métodos de lucha puestos en práctica por ellos hasta ahora. El movimiento sindical mundial ha llegado a su momento más crítico. La voluntad escisionista de los reformistas se ha exacerbado mientras que nuestra voluntad de proteger la unidad sindical ha sido puesta en evidencia en numerosas oportunidades, y los comunistas deben demostrar en el futuro, también prácticamente, el valor que asignan a la unidad del movimiento sindical.

22. Cuanto más evidente se torna la línea escisionista de nuestros enemigos, es preciso demostrar mayor fuerza en el planteo del problema de la unidad sindical. Ni una fábrica, ni una reunión obrera deben ser olvidadas, en todas partes debe hacerse oír la protesta contra la táctica escisionista. Es necesario que el problema de la escisión sindical sea planteado ante cada sindicato y no solamente en el momento en que la escisión es inminente sino cuando recién comienza a esbozarse. La cuestión de la expulsión de los comunistas del movimiento sindical debe ser discutida con todo el movimiento obrero de cada país. Los comunistas son lo suficientemente fuertes como para dejarse eliminar sin decir nada. La clase obrera debe saber quién está por la escisión y quién por la unidad.

23. La exclusión de los comunistas, luego de su elección para desempeñar funciones sindicales, por parte de las organizaciones locales no solamente debe suscitar protestas por la violencia ejercida contra la voluntad de los electores sino que debe provocar una resistencia organizada. Los miembros excluidos no tienen que permanecer dispersos. La tarea más importante de los partidos comunistas consiste en impedir la disgregación de los elementos excluidos. Deben organizarse en sindicatos de expulsados centrando su trabajo político en un programa concreto y la exigencia de su reintegración.

24. La lucha contra las exclusiones es en realidad una lucha por la unidad del movimiento sindical. En este caso, todas las medidas que tiendan al restablecimiento de la unidad destruida son buenas. Los expulsados no deben permanecer aislados, así como tampoco las organizaciones revolucionarias independientes existentes en el país en cuestión, con vistas a la organización común de la lucha contra las expulsiones y para la coordinación de la acción en la lucha contra el capital.

25. Las medidas prácticas de lucha pueden y deben ser completadas y modificadas de acuerdo con las condiciones y particularidades locales. Es importante que los partidos comunistas adopten claramente una posición anti-escisionista de combate y hagan todo lo posible para derrotar la política de las expulsiones. No existen medios y métodos universales y definitivos en la lucha contra las expulsiones. En este sentido, los partidos comunistas tienen la posibilidad de luchar con los medios que consideren como más efectivos para lograr su objetivo: la conquista de los sindicatos y el restablecimiento de la unidad sindical destruida.

26. Los comunistas deben desarrollar una lucha muy enérgica contra la expulsión de los sindicatos revolucionarios del seno de las Federaciones Internacionales por industria. Los partidos comunistas no pueden permanecer como espectadores pasivos de la expulsión de los sindicatos revolucionarios por la única razón de que son revolucionarios. Deben crearse comités internacionales de propaganda por industria, y estos contar con el más firme apoyo en los partidos comunistas, de modo de agrupar todas las fuerzas revolucionarias existentes tras el objetivo de luchar por las federaciones internacionales únicas por industria. Toda esta lucha se llevará a cabo bajo la consigna de la admisión de todos los sindicatos sin distinción de tendencia, sin distinción de corrientes políticas, en una organización internacional única de industria.

CONCLUSIÓN

Prosiguiendo su camino hacia la conquista de los sindicatos y la lucha contra la política escisionista de los reformistas, cuando los burócratas sindicales no recurran a las expulsiones, cuando den a los comunistas la posibilidad de luchar ideológicamente por sus principios en el seno de los sindicatos, los comunistas lucharán como miembros disciplinados en las filas de la organización única, marchando siempre adelante en todos los enfrentamientos y en todos los conflictos con la burguesía.
Todos los partidos comunistas deben extremar todos sus esfuerzos para impedir la escisión en los sindicatos, hacer todo lo posible para reconstruir la unidad sindical destruida en ciertos países y obtener la adhesión del movimiento sindical de sus países a una Internacional Sindical Roja que deberá formarse.

sábado, 11 de diciembre de 2010

El Partido, las Elecciones y el Parlamentarismo

La actitud de los partidos socialistas con respecto al parlamentarismo consistía en un comienzo, en la época de la I Internacional, en utilizar los parlamentos burgueses para fines agitativos. Se consideraba la participación en la acción parlamentaria desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia de clase, es decir del despertar de la hostilidad de las clases proletarias contra las clases dirigentes. Esta actitud se modificó no por la influencia de una teoría sino por la del progreso político. A consecuencia del incesante aumento de las fuerzas productivas y de la ampliación del dominio de la explotación capitalista, el capitalismo, y con él los estados parlamentarios, adquirieron una mayor estabilidad.

De allí la adaptación de la táctica parlamentaria de los partidos socialistas a la acción legislativa “orgánica” de los parlamentos burgueses y la importancia siempre creciente de la lucha por la introducción de reformas dentro de los marcos del capitalismo el predominio del programa mínimo de los partidos socialistas, la transformación del programa máximo en una plataforma destinada a las discusiones sobre un lejano “objetivo final”. Sobre esta base se desarrolló el arrivismo parlamentario, la corrupción, la traición abierta o solapada de los intereses primordiales de la clase obrera.

La actitud de la III Internacional con respecto al parlamentarismo no estuvo determinada por una nueva doctrina sino por la modificación del papel del propio parlamentarismo. En la época precedente a la del imperialismo, el parlamento, instrumento del capitalismo en vías de desarrollo trabajó, en un cierto sentido, por el progreso histórico. En las condiciones caracterizadas por el desencadenamiento del imperialismo, el parlamento se ha convertido en un instrumento de la mentira, del fraude, de la violencia, de la destrucción, de los actos de bandolerismo. Obras del imperialismo, las reformas parlamentarias, desprovistas de espíritu de continuidad y de estabilidad y concebidas sin un plan de conjunto, perdieron toda importancia práctica para las masas trabajadoras.

El parlamentarismo, así como toda la sociedad burguesa, perdió su estabilidad. La transición del período orgánico al período crítico crea una nueva base para la táctica del proletariado en el dominio parlamentario. Así es como el partido obrero ruso (el partido bolchevique) determinó las bases del parlamentarismo revolucionario en una época anterior, al perder Rusia desde 1905 su equilibrio político y social y entrar desde ese momento en un período de tormentas y cambios violentos.

Cuando algunos socialistas que aspiran al comunismo afirman que en sus países aún no llegó la hora de la revolución y se niegan a separarse de los oportunistas parlamentarios, consideran, en el fondo, consciente o inconscientemente, al presente período como un período de estabilidad relativa de la sociedad imperialista y piensan, por esta razón, que pueden lograr, sobre esa base, resultados prácticos en la lucha por las reformas.

El comunismo debe tomar como punto de partida el estudio teórico de nuestra época (apogeo del capitalismo, tendencias del imperialismo a su propia negación y a su propia destrucción, crisis capitalista mundial, etc....). Las formas de las relaciones políticas y de las agrupaciones pueden diferir en los diversos países, pero la esencia de las cosas sigue siendo la misma en todas partes: para nosotros se trata de la preparación inmediata, política y técnica, de la sublevación proletaria que debe destruir el poder burgués y establecer el nuevo poder proletario.

Para los comunistas, el parlamento no puede ser actualmente, en ningún caso, el teatro de una lucha por reformas y por el mejoramiento de la situación de la clase obrera, como sucedió en ciertos momentos en la época anterior. El centro de gravedad de la vida política actual está definitivamente fuera del marco del parlamento. Por otra parte, la burguesía está obligada, por sus relaciones con las masas trabajadoras y también a raíz de las relaciones complejas existentes en el seno de las clases burguesas, a hacer aprobar de diversas formas algunas de sus acciones por el parlamento, donde las camarillas se disputan el poder, ponen de manifiesto sus fuerzas y sus debilidades, se comprometen, etc....

Por eso el deber histórico inmediato de la clase obrera consiste en arrancar esos aparatos a las clases dirigentes, en romperlos, destruirlos y sustituirlos por los nuevos órganos del poder proletario. Por otra parte el estado mayor revolucionario de la clase obrera está, profundamente interesado en contar, en las instituciones parlamentarias de la burguesía con exploradores que facilitarán su obra de destrucción. Inmediatamente se hace evidente la diferencia esencial entre la táctica de los comunistas que van al parlamento con fines revolucionarios y la del parlamentarismo socialista que comienza por reconocer la estabilidad relativa, la duración indefinida del régimen. El parlamentarismo socialista se plantea como tarea obtener reformas a cualquier precio. Está interesado en que cada conquista sea considerada por las masas como logros del parlamentarismo socialista.

El viejo parlamentarismo de adaptación es remplazado por un nuevo parlamentarismo, que es una de las formas de destruir el parlamentarismo en general.

Pero las tradiciones deshonestas de la antigua táctica parlamentaria acercan a ciertos elementos revolucionarios con los antiparlamentarios “por principio”.

EL COMUNISMO, LA LUCHA POR LA DICTADURA DEL PROLETARIADO Y “POR LA UTILIZACIÓN” DEL PARLAMENTO BURGUÉS

1. El parlamentarismo de gobierno se ha convertido en la forma “democrática” de la dominación de la burguesía, a la que le es necesaria, en un momento dado de su desarrollo, una ficción de representación popular que exprese en apariencia la “voluntad del pueblo” y no la de las clases, pero en realidad, constituye en manos del capital reinante, un instrumento de coerción y opresión;

2. El parlamentarismo es una forma determinada del Estado. Por eso no es inconveniente de ninguna manera para la sociedad comunista, que no conoce ni clases, ni lucha de clases, ni poder gubernamental de ningún tipo;

3. El parlamentarismo tampoco puede ser la forma de gobierno “proletario” en el período de transición de la dictadura de la burguesía a la dictadura del proletariado. En el momento más grave de la lucha de clases, cuando ésta se transforma en guerra civil, el proletariado debe construir inevitablemente su propia organización gubernamental, considerada como una organización de combate en la cual los representantes de las antiguas clases dominantes no serán admitidos. Toda ficción de voluntad popular en el transcurso de este estadio es perjudicial para el proletariado. Este no tiene ninguna necesidad de la separación parlamentaria de los poderes que inevitablemente le sería nefasta. La república de los soviets es la forma de la dictadura del proletariado;

4. Los parlamentos burgueses, que constituyen uno de los principales aparatos de la maquinaria gubernamental de la burguesía, no pueden ser conquistados por el proletariado en mayor medida que el estado burgués en general. La tarea del proletariado consiste en romper la maquinaria gubernamental de la burguesía, en destruirla, incluidas las instituciones parlamentarias, ya sea las de las repúblicas o las de las monarquías constitucionales;

5. Lo mismo ocurre con las instituciones municipales o comunales de la burguesía, a las que es teóricamente falso oponer a los organismos gubernamentales. En realidad también forman parte del mecanismo gubernamental de la burguesía. Deben ser destruidas por el proletariado revolucionario y remplazadas por los soviets de diputados obreros;

6. El comunismo se niega a considerar al parlamentarismo como una de las formas de la sociedad futura; se niega a considerarla como la forma de la dictadura de clase del proletariado, rechaza la posibilidad de una conquista permanente de los parlamentos, se da como objetivo la abolición del parlamentarismo. Por ello, sólo debe utilizarse a las instituciones gubernamentales burguesas a los fines de su destrucción. En ese sentido, y únicamente en ese sentido, debe ser planteada la cuestión;

7. Toda lucha de clases es una lucha política pues es, al fin de cuentas, una lucha por el poder. Toda huelga, cuando se extiende al conjunto del país, se convierte en una amenaza para el Estado burgués y adquiere, por ello mismo, un carácter político.

Esforzarse por liquidar a la burguesía y destruir el Estado burgués significa sostener una lucha política. Formar un aparato de gobierno y de coerción proletario, de clase, contra la burguesía refractaria significa, cualquiera que sea ese aparato, conquistar el poder político;

8. La lucha política no se reduce, por lo tanto, a un problema de actitud frente al parlamentarismo. Abarca toda la lucha de la clase proletaria en la medida en que esta lucha deje de ser local y parcial y apunte a la destrucción del régimen capitalista en general;

9. El método fundamental de la lucha del proletariado contra la burguesía, es decir contra su poder gubernamental, es ante todo el de las acciones de masas. Estas últimas están organizadas y dirigidas por las organizaciones de masas del proletariado (sindicatos, partidos, consejos), bajo la conducción general del partido comunista obrero, sólidamente unido, disciplinado y centralizado. La guerra civil es una guerra. En ella, el proletariado debe contar con buenos cuadros políticos y un efectivo estado mayor político que dirija todas las operaciones en el conjunto del campo de acción;

10. La lucha de las masas constituye todo un sistema de acciones en vías de desarrollo, que se avivan por su forma misma y conducen lógicamente a la insurrección contra el estado capitalista. En esta lucha de masas, llamada a transformarse en guerra civil, el partido dirigente del proletariado debe, por regla general, fortalecer todas sus posiciones legales, transformarlas en puntos de apoyo secundarios de su acción revolucionaria y subordinarlas al plan de la campaña principal, es decir a la lucha de masas;

11. La tribuna del parlamento burgués es uno de esos puntos de apoyo secundarios.

No es posible invocar contra la acción parlamentaria la condición burguesa de esa institución. El partido comunista entra en ella no para dedicarse a una acción orgánica sino para sabotear desde adentro la maquinaria gubernamental y el parlamento.

12. Esta acción parlamentaria, que consiste sobre todo en usar la tribuna parlamentaria con fines de agitación revolucionaria, en denunciar las maniobras del adversario, en agrupar alrededor de ciertas ideas a las masas que, sobre todo en los países atrasados, consideran a la tribuna parlamentaria con grandes ilusiones democráticas, debe ser totalmente subordinada a los objetivos y a las tareas de la lucha extraparlamentaria de las masas.

La participación en las campañas electorales y la propaganda revolucionaria desde la tribuna parlamentaria tienen una significación particular para la conquista política de los medios obreros que, al igual que las masas trabajadoras rurales, permanecieron hasta ahora al margen del movimiento revolucionario y de la política;

13. Los comunistas, si obtienen mayoría en los municipios, deben: a) formar una oposición revolucionaria en relación al poder central de la burguesía; b) esforzarse por todos los medios en prestar servicios al sector más pobre de la población (medidas económicas, creación o tentativa de creación de una milicia obrera armada, etc....); c) Denunciar en toda ocasión los obstáculos puestos por el estado burgués contra toda reforma radical; d) desarrollar sobre esta base una propaganda revolucionaria enérgica, sin temer el conflicto con el poder burgués; e) remplazar, en ciertas circunstancias, a los municipios por consejos de diputados obreros. Toda acción de los comunistas en los municipios debe, por lo tanto, integrarse en la obra general por la destrucción del sistema capitalista;

14. La campaña electoral debe ser llevada a cabo no en el sentido de la obtención del máximo de mandatos parlamentarios sino en el de la movilización de las masas bajo las consignas de la revolución proletaria. La lucha electoral no debe ser realizada solamente por los dirigentes del partido sino que en ella debe tomar parte el conjunto de sus miembros. Todo movimiento de masas debe ser utilizado (huelgas, manifestaciones, efervescencia en el ejército y en la flota, etc....). Se establecerá un contacto estrecho con ese movimiento y la actividad de las organizaciones proletarias de masas será incesantemente estimulada;

15. Si son observadas esas condiciones y las indicadas en una instrucción especial, la acción parlamentaria será totalmente distinta de la repugnante y menuda política de los partidos reformistas de todos los países, cuyos diputados van al parlamento para apoyar a esa institución “democrática” y, en el mejor de los casos, para “conquistarla”. El partido comunista sólo puede admitir la utilización exclusivamente revolucionaria del parlamentarismo.

EN EL PARLAMENTO

16. El “antiparlamentarismo” de principio, concebido como el rechazo absoluto y categórico a participar en las elecciones y en la acción parlamentaria revolucionaria, es una doctrina infantil e ingenua que no resiste a la crítica, resultado muchas veces de una sana aversión hacia los políticos parlamentarios pero que no percibe, por otra parte, la posibilidad del parlamentarismo revolucionario. Además, esta opinión se basa en una noción totalmente errónea del papel del partido, considerado no como la vanguardia obrera centralizada y organizada para el combate sino como un sistema descentralizado de grupos mal unidos entre sí;

17. Por otra parte, la necesidad de una participación efectiva en elecciones y en asambleas parlamentarias de ningún modo deriva del reconocimiento en principio de la acción revolucionaria en el parlamento, sino que todo depende de una serie de condiciones específicas. La salida de los comunistas del parlamento puede tornarse necesaria en un momento dado.

También ese fue el caso cuando los bolcheviques abandonaron la Asamblea Constituyente, desplazando el centro de gravedad de los acontecimientos políticos al III Congreso de los Soviets. En otras circunstancias, puede ser necesario el boicot a las elecciones o el aniquilamiento inmediato, por la fuerza, del estado burgués y de la camarilla burguesa, o también la participación en elecciones simultáneamente con el boicot al parlamento, etc....)

18. Reconociendo de este modo, por regla general, la necesidad de participar en las elecciones parlamentarias y municipales y de trabajar en los parlamentos y en las municipalidades, el partido comunista debe resolver el problema según el caso concreto, inspirándose en las particularidades específicas de la situación. El boicot de las elecciones o del parlamento, así como el alejamiento del parlamento, son sobre todo admisibles en presencia de condiciones que permitan el pasaje inmediato a la lucha armada por la conquista del poder;

19. Es indispensable considerar siempre el carácter relativamente secundario de este problema. Al estar el centro de gravedad en la lucha extraparlamentaria por el poder político, es evidente que el problema general de la dictadura del proletariado y de la lucha de las masas por esa dictadura no puede compararse con el problema particular de la utilización del parlamentarismo;

20. Por eso el partido comunista obrero debe afirmar de la manera más categórica que considera como una falta grave para con el movimiento obrero toda escisión o tentativa de escisión provocada en el seno del partido comunista únicamente a raíz de esta cuestión. Todos los partidarios de la lucha de masas por la dictadura del proletariado, bajo la dirección de un partido que centralice a todas las organizaciones de la clase obrera, deben realizar la unidad total de los elementos comunistas, pese a las posibles divergencias de opiniones con respecto a la utilización de los parlamentos burgueses.

LA TÁCTICA REVOLUCIONARIA

Se impone la adopción de las siguientes medidas con el fin de garantizar la efectiva aplicación de una táctica revolucionaria en el parlamento:

1º El partido comunista en su conjunto y su comité central deben estar seguros, desde el período preparatorio anterior a las elecciones, de la sinceridad y el valor comunistas de los miembros del grupo parlamentario comunista. Tiene el derecho indiscutible de rechazar a todo candidato designado por una organización, si no tiene el convencimiento de que ese candidato hará una política verdaderamente comunista.

Los partidos comunistas deben renunciar al viejo hábito social-demócrata de hacer elegir exclusivamente a parlamentarios “experimentados” y sobre todo a abogados.

En general, los candidatos serán elegidos entre los obreros. No debe temerse la designación de simples miembros del partido sin gran experiencia parlamentaria.

Los partidos comunistas deben rechazar con desprecio despiadado a los arrivistas que se acercan a ellos con el único objeto de entrar en el parlamento. Los comités centrales sólo deben aprobar las candidaturas de hombres que durante largos años hayan dado pruebas indiscutibles de su abnegación por la clase obrera;

2º Una vez finalizadas las elecciones, le corresponde exclusivamente al comité central del partido comunista la organización del grupo parlamentario, esté o no en ese momento el partido en la legalidad. La elección del presidente y de los miembros del secretariado del grupo parlamentario debe ser aprobada por el comité central. El comité central del partido contará en el grupo parlamentario con «un representante permanente que goce del derecho de veto. En todos los problemas políticos importantes, el grupo parlamentario está obligado a solicitar las directivas previas del comité central.

El comité central tiene el derecho y el deber de designar o de rechazar a los oradores del grupo que deben intervenir en la discusión de problemas importantes y exigir que las tesis o el texto completo de sus discursos, etc...., sean sometidos a su aprobación.

Todo candidato inscripto en la lista comunista firmará un compromiso oficial de resignar su mandato ante la primera orden del comité central, a fin de que el partido tenga la posibilidad de remplazarlo;

3º En los países donde algunos reformistas o semi reformistas, es decir simplemente arrivistas, hayan logrado introducirse en el grupo parlamentario comunista, los comités centrales de los partidos comunistas deberán proceder a una depuración radical de esos grupos, inspirándose en el principio de que un grupo parlamentario poco numeroso pero realmente comunista sirve mucho mejor a los intereses de la clase obrera que un grupo numeroso pero carente de una firme política comunista;

4º Todo diputado comunista está obligado, por una decisión del Comité central, a unir el trabajo ilegal con el trabajo legal. En los países donde los diputados comunistas todavía se benefician, en virtud de las leyes burguesas, con una cierta inmunidad parlamentaria, esta inmunidad deberá servir a la organización y a la propaganda ilegal del partido;

5º Los diputados comunistas están obligados a subordinar toda su actividad parlamentaria a la acción extraparlamentaria del partido. La presentación regular de proyectos de ley puramente demostrativos concebidos no en vistas de su adopción por la mayoría burguesa sino para la propaganda, la agitación y la organización, deberá hacerse bajo las indicaciones del partido y de su comité central;

6º El diputado comunista está obligado a colocarse a la cabeza de las masas proletarias, en primera fila, bien a la vista, en las manifestaciones y las acciones revolucionarias;

7º Los diputados comunistas están obligados a entablar por todos los medios (y bajo el control del partido) relaciones epistolares y de otro tipo con los obreros, los campesinos y los trabajadores revolucionarios de toda clase, sin imitar en ningún caso a los diputados socialistas que se esfuerzan por mantener con sus electores relaciones de “negocios”. En todo momento, estarán a disposición de las organizaciones comunistas para el trabajo de propaganda en el país.

8º Todo diputado comunista al parlamento está obligado a recordar que no es un “legislador” que busca un lenguaje común con otros legisladores, sino un agitador del partido enviado a actuar junto al enemigo para aplicar las decisiones del partido. El diputado comunista es responsable no ante la masa anónima de los electores sino ante el partido comunista ya sea o no ilegal;

9º Los diputados comunistas deben utilizar en el parlamento un lenguaje inteligible al obrero, al campesino, a la lavandera, al pastor, de manera que el partido pueda editar sus discursos en forma de folletos y distribuirlos en los rincones más alejados del país;

10º Los obreros comunistas deben abordar, aun cuando se trate de sus comienzos parlamentarios, la tribuna de los parlamentos burgueses sin temor y no ceder el lugar a oradores más “experimentados”. En caso de necesidad, los diputados obreros leerán simplemente sus discursos, destinados a ser reproducidos en la prensa y en panfletos;

11º Los diputados comunistas están obligados a utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar no solamente a la burguesía y sus lacayos oficiales, sino también a los nacionalistas, a los reformistas, a los políticos centristas y, de manera general, a los adversarios del comunismo, y también para propagar ampliamente las ideas que emanan de los primeros cuatro congresos de la III Internacional y del Programa de Transición de la IV Internacional;

12º Los diputados comunistas, así se trate de uno o dos, están obligados a desafiar en todas sus actitudes al capitalismo y no olvidar nunca que sólo es digno del nombre de comunista quien se revela no verbalmente sino mediante actos como el enemigo de la sociedad burguesa y de sus servidores.